Ser madre no debería significar desaparecer
- Encarni

- 20 ene
- 3 Min. de lectura
No desperté poco a poco. Desperté cuando todo lo que sostenía dejó de estar.
Cuando mi marido se fue, no solo se rompió una relación. Se rompió la vida que yo creía segura, el papel que ocupaba, el lugar desde el que me movía sin pensar demasiado. Hasta entonces había vivido sosteniendo: a mis hijos, la casa, la rutina, los días. Cumpliendo. Funcionando.
Y funcionando, me había ido borrando.

No es que no supiera quién era. Es que ya no me miraba. No me preguntaba nada. No me escuchaba. Yo estaba ahí para que todo lo demás siguiera en pie. Y eso parecía suficiente… hasta que dejó de serlo.
Ese cambio en mi vida me hizo darme cuenta de todo. Me dejó frente a un silencio que llevaba tiempo evitando. Y en ese silencio apareció una verdad incómoda: me había perdido. No de golpe, sino despacio. Día a día. Renunciando a partes de mí sin darme cuenta, convencida de que ya habría tiempo para recuperarlas.
Ahí fue cuando desperté. No por valentía. Por necesidad.
Ser madre ocupa mucho espacio. Emocional, físico, mental. Y es precioso, sí. Pero también es exigente. Hay una parte de ti que entregas sin medida, sin calcular cuánto te queda al final del día. Durante mucho tiempo, yo no me lo pregunté. Simplemente seguí.
Seguí organizando, resolviendo, sosteniendo. Seguí poniendo mis necesidades en pausa. Seguí creyendo que ya habría un momento mejor para mí. Que más adelante volvería a mirarme con calma. Que ahora no tocaba.
La culpa también estaba ahí. La culpa por pensar en mí. Por necesitar silencio. Por no poder con todo. Por querer algo que no tuviera que ver con nadie más. Como si ser madre significara renunciar para siempre a la mujer que eres.
No hubo un momento mágico de claridad. Fue un proceso. Pequeños instantes que empezaron a cambiarlo todo: una noche cualquiera, una respiración profunda. Y una pregunta sencilla que comenzó a repetirse dentro de mí:
¿Dónde estoy yo en todo esto?
No buscaba grandes respuestas. No quería rehacer mi vida de golpe. Solo quería volver a sentirme presente. Volver a reconocerme. No perfecta. Presente.
Empecé por cosas pequeñas. Por sentarme en la puerta, con una manta sobre las piernas, mirando el jardín en silencio. Por leer un buen libro sin prisas. Momentos sencillos, casi invisibles, pero necesarios. Espacios donde no tenía que sostener a nadie, donde no tenía que demostrar nada.
Ahí, en esa calma mínima, empecé a volver a mí. A recordarme. A entender que cuidarme no era un lujo ni una traición, sino una forma de seguir en pie.
Porque ser madre no debería significar desaparecer.
No debería implicar borrarte, ni vivir siempre en segundo plano. No debería doler tanto reconocerte agotada, perdida o frágil. Y, sin embargo, nos pasa a muchas. Más de las que decimos. Más de las que mostramos.
No escribo esto desde un lugar de certezas. Lo escribo desde el camino. Desde alguien que sigue aprendiendo a reconstruirse sin dejar de ser madre. Desde una mujer que ama profundamente a sus hijos, pero que también entiende que para sostener hay que existir.
Si alguna vez has despertado después de un cambio que no elegiste, si alguna vez te has sentido invisible o en pausa, quiero que sepas algo: no estás sola. Y no estás equivocada.
Tal vez no se trate de volver a ser quien eras, sino de no desaparecer nunca más.
Si alguna vez te has sentido invisible o en pausa, no estás sola.
¿Has sentido algo parecido?




Muy profundo y sentimental y hace mucha ayuda