Una libertad que no esperaba
- Encarni

- 15 feb
- 2 Min. de lectura

Las primeras veces que salía, me sentía fuera de lugar. Incómoda. Como si estuviera ocupando un sitio que ya no era mío.
Me faltaba algo. No sabía explicar el qué, pero estaba ahí. Una sensación extraña, como si disfrutar no encajara del todo con la nueva forma de mi vida.
Al principio no era libertad. Era adaptación.
Pero poco a poco algo cambió.
Empecé a quedarme un rato más. A escucharme. A no mirar el reloj con culpa.
Y un día, casi sin darme cuenta, empecé a disfrutarlo.
Incluso a irme algún día sola por ahí. Pequeñas escapadas. Un café sin prisa. Un paseo sin destino. Un rato que no pertenecía a nadie más que a mí.
No eran grandes cosas. Pero me recargaban.
Recuerdo la primera vez que volví a casa después de una de esas salidas. Abrí la puerta y el silencio ya no me golpeó igual. Había algo distinto en mí. No era euforia. Era calma.
Entendí que no había dejado nada atrás. Que no estaba reemplazando nada. Que podía salir, respirar, volver…y seguir siendo la misma en lo esencial.
Esa libertad no llegó como una celebración. Llegó despacio, con dudas. Pero se fue quedando.
Hoy sé que no es traición sentirme bien. No es abandono respirar. No es egoísmo necesitar espacio.
Es equilibrio.
Sigo siendo madre en todo lo que soy. Pero ahora también soy mujer en mis propios tiempos.
Y esa parte, aunque me costó aceptarla, también me pertenece.
La mujer que aprendí a ser no vive como antes.
Pero tampoco quiere desaparecer
Hay libertades que no se buscan. Aparecen cuando la vida cambia.
Y aprender a habitarlas también es una forma de amor.




Comentarios